Lleva doce años sin sentarse ni acostarse
Incluso para dormir permanece erguido, con el cuerpo apoyado sobre una estructura de madera y cuerdas.
Su nombre es Dulal Giri Ji Maharaj, un asceta hindú que hizo una promesa extrema: permanecer de pie hasta recibir una visión del dios Shiva.
Desde entonces, sus días y sus noches transcurren en la misma posición.
Cuando el cansancio se vuelve insoportable, apoya los brazos y el torso sobre una especie de columpio. Una correa le permite elevar una pierna durante algunos momentos, pero nunca se sienta ni se recuesta.
Su sacrificio pertenece a una forma de penitencia conocida como khareshwari tapasya.
Dentro de esta práctica, algunos ascetas realizan votos de doce años durante los cuales renuncian por completo a sentarse o acostarse. El objetivo no es demostrar resistencia física ni establecer un récord, sino someter el cuerpo para alcanzar disciplina espiritual y acercarse a la divinidad.
Pero el cuerpo humano termina revelando el precio.
Las piernas de Dulal aparecen enormemente inflamadas y oscurecidas. Permanecer tanto tiempo inmóvil dificulta el retorno de la sangre desde las extremidades, favorece la acumulación de líquido y puede provocar heridas difíciles de curar.
Personas que lo acompañan limpian sus lesiones, cambian sus vendajes y aplican ungüentos para reducir el riesgo de infección.
Aun así, él continúa.
No porque ignore el dolor, sino porque lo considera parte de su promesa.
Para la medicina, sus piernas muestran el daño producido por años de presión y circulación deficiente. Para él, cada herida representa una prueba de devoción.
Mientras la mayoría de las personas busca alivio cuando el cuerpo suplica descanso, Dulal interpreta ese sufrimiento de una manera completamente distinta.
No está esperando comodidad.
No está esperando reconocimiento.
Está esperando a Shiva.
Su historia provoca admiración, preocupación y desconcierto. También muestra hasta dónde puede llegar una creencia cuando una persona convierte su propio cuerpo en la ofrenda.
Cada noche, mientras el mundo duerme acostado, él cierra los ojos suspendido sobre sus piernas heridas.
Y cuando amanece, continúa exactamente donde estaba: de pie, esperando a Dios.