La mano de Obregón: de Celaya a un frasco, de un burdel a un monumento… y después al fuego
El 3 de junio de 1915, durante la Batalla de Celaya, Álvaro Obregón perdió parte de su brazo derecho al estallar una granada cerca de él. El médico militar Enrique Osornio le amputó la extremidad y la conservó en un frasco con formol como recuerdo del episodio, que marcaría su identidad y su carrera.
Pero la historia de esa mano no terminó ahí: con el paso del tiempo ese frasco se “extravió” de formas tan insólitas que parecen sacadas de una novela. En un momento estuvo sobre la repisa de una cantina en Insurgentes, hasta que Osornio la reconoció y la recuperó.
Existen versiones —y varias anécdotas al respecto— de que una prostituta se la llevó, que el general Francisco R. Serrano intentó conservarla como recuerdo y que terminó perdiéndose en un burdel donde flotaba en formol, amarillenta y rígida, hasta que el médico la halló.
Finalmente, Aarón Sáenz, secretario particular de Obregón, logró que el presidente Lázaro Cárdenas la colocara dentro del monumento construido en honor al general en el Parque de La Bombilla (ahí donde Obregón fue asesinado en 1928). El frasco con la mano formó parte del monumento desde mediados de los años 30, expuesto para que la gente lo viera.
Con el paso de las décadas, la presencia de ese miembro amputado se volvió incómoda para muchos, y en 1989 se decidió incinerarla y dejar que sus restos finales descansaran junto al cuerpo de Obregón en su tierra natal, Huatabampo, Sonora, donde también fueron depositadas sus cenizas.
La historia de esa mano —de un campo de batalla a un frasco, de burdeles y anécdotas a un monumento histórico— es una de las piezas más curiosas y humanas de la Revolución Mexicana, una que nos recuerda que la historia no siempre sigue un solo camino, y que a veces los símbolos terminan teniendo una vida propia.