La rana de madera de Alaska (Lithobates sylvaticus) posee una de las capacidades de supervivencia más asombrosas del reino animal, logrando congelar hasta el 60% de su cuerpo durante los gélidos inviernos árticos. Para lograrlo, su organismo produce altas concentraciones de glucosa que actúan como un crioprotector natural, evitando que las células se encojan o mueran mientras el agua en los espacios extracelulares se convierte en hielo sólido. Durante este periodo, su corazón se detiene por completo, deja de respirar y su actividad cerebral se apaga, permaneciendo en un estado de animación suspendida que puede durar hasta siete meses a temperaturas de -18°C. Al llegar la primavera, el proceso de descongelación se inicia de adentro hacia afuera; en pocas horas, su corazón vuelve a latir de forma espontánea y la rana recupera todas sus funciones vitales para retomar su vida normal, un fenómeno que actualmente es objeto de estudio para posibles aplicaciones en la criopreservación de órganos humanos.